La inmensidad es, posiblemente, equivalente a la inmortalidad que tantos han anhelado durante milenios—ya sea como vida eterna, como la búsqueda del alma imperecedera, la trascendencia, o cualquier otra forma de eternidad.
Caminando el otro día, me puse a reflexionar sobre el tema y recordé unas clases sobre la Edad Media, donde hablamos (¡sorpresa!) de la Iglesia y de la manera en que eran construidas las catedrales.
La impresión que puede causar un edificio de tal magnitud en la psique varía, pero algo permanece claro: ya sea que le impresione o le horrorice, que le despierte sentimientos de amor u odio, respeto o desafío, esa estructura existe como un monumento creado por la humanidad en honor a lo desconocido. Pensar en ello basta para maravillarse del ingenio humano y de la capacidad que posee cuando algo lo inspira.
Desde fuera, la estructura intimida a quien la contempla. Su exterior resulta perturbador, porque el mundo terrenal está condenado—todo lo que vive y crece aquí es imperfecto. La gran obra construida con manos humanas no puede compararse con los diseños e ideas de aquello que vibra en el vacío del universo. Por eso, la estructura debe ser penetrada, así como algunos dicen penetrar los grandes misterios del cosmos y alcanzar la divinidad. El interior llama, pues es reflejo del propio interior. Sea de oro, plata, bronce o estaño, de la piedra más hermosa o la más humilde, la humanidad desea conocer más, porque anhela conocerse a sí misma. Un deseo externalizado en sus edificios, rituales y conceptos formados a lo largo de los siglos.
La inmensidad late dentro de uno, tal como lo hace aquí, en este plano, y en todo aquello que yace más allá de nuestra atmósfera. Somos partículas de polvo insignificantes dentro de una obra grandiosa que apenas empezamos a comprender. Y así, llegamos a la introspección: observar el firmamento simplemente por hacerlo; maravillarse con estrellas que, quizás, ya están muertas, cuyos destellos nos llegan sólo por la vastedad del espacio que las separa. Este acto es otro recordatorio de que se puede vivir en la inmortalidad, porque así lo permite la percepción. Mientras algo quede almacenado en algún lugar, en alguna memoria, ahí existe la inmensidad—en una gran red que pulsa en todos nosotros.