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Reflexiones sobre Siddhartha de Hermann Hesse

5 mins· ·
Ensayo Espiritualidad Literatura Hesse Budismo Español
Vicente Manuel Muñoz Milchorena
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Vicente Manuel Muñoz Milchorena
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82 - This article is part of a series.

Introducción
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Hace trece años escribí esta reflexión sobre Siddhartha de Hermann Hesse—un ensayo nacido no desde la academia, sino desde la resonancia personal. Para mi sorpresa, se convirtió en el artículo más visitado de mi antiguo blog, con casi 70,000 lecturas a lo largo de los años. Siempre me he preguntado por qué: quizás el libro se enseña en alguna parte de América Latina, o quizás su mensaje sigue tocando a lectores que buscan sentido.

Hoy lo re-publico con correcciones gramaticales ligeras, preservando su tono y espíritu original. Sigue siendo una meditación sincera sobre una historia que abrió las puertas del pensamiento oriental a un mundo occidental que aún aprende a escuchar.


Reflexión
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Hermann Hesse expone en este pequeño libro una bella historia sobre cómo uno debe descubrirse a sí mismo a través de lo que podrían considerarse las calumnias de viajar entre ambos lados de la vida: el camino oscuro y lúgubre, donde no hay más que vicios y males, y el lado iluminado, donde existe únicamente paz y tranquilidad.

Tomando como personaje principal a Siddhartha, mejor conocido como Siddhartha Gautama, considerado el último Buda y fundador del Budismo, el autor nos presenta un viaje en busca de saciar una sed que no tiene fin. Se intenta llenar ese vaso que cada vez se vacía más, generando preguntas que conllevan a una serie aún mayor de interrogantes, sin obtener respuestas claras o definitivas.

Desde muy temprana edad, Siddhartha promete ser un gran Brahmán, lo cual lo coloca en un pedestal bastante alto del que muchos no pueden bajarlo. Sin embargo, él no se considera tan exageradamente especial como lo imponen, y decide comenzar un viaje para saciar su sed de conocimiento. Es aquí, a una edad joven, cuando inicia su aventura junto con su amigo Govinda, uniéndose ambos a los Samanas.

En un tiempo relativamente corto—años, para ser más preciso—Siddhartha se da cuenta de que las enseñanzas de los Samanas se relacionan mucho con las de los Brahmanes, y que al final de cuentas no tienen tanto sentido. Su actitud cambia al encontrarse con Gotama (como se le conoce en el libro al Buda, también llamado el iluminado), y se genera a sí mismo la idea de que aquello que tanto anhela está realmente dentro de sí. Por ende, debe conocerse bien. Es en este punto cuando su amor propio crece y abandona los caminos preestablecidos, a diferencia de su compañero Govinda, quien decide quedarse con Gotama para aprender de él.

Mucho más adelante, encontramos a un Siddhartha viejo, que se ha unido a lo mundano por considerarlo un juego. Ahora es uno más dentro de esta partida. Cuando los observaba originalmente, consideraba a todos los hombres como hombres-niños, atrapados en un círculo vicioso del que no salen—ya sea por confort, desidia, o vicios como la bebida o el juego, donde pierde fuertes sumas de dinero a las que simplemente sonríe. O cualquier otro parecer que no esté relacionado directamente con el alma.

Atrapado también en estos juegos, le es imposible darse cuenta de lo que ocurre a su alrededor con claridad. No es hasta que llega un momento de lucidez, cuando se compara a sí mismo con Kamaswami, un mercader que le enseñó todo lo que sabía, y que al final terminó siendo el reflejo exacto de su maestro. El hundirse en estos vicios está relacionado con Kamala, una bella mujer que encuentra al mudarse a la ciudad donde habitaría gran parte de su vida. Ella le informa que, para ser su amante, debía vestir y calzar como los ricos, además de entregarle regalos para mantenerla contenta.

Salido de este mundo de vicios, lo deja todo y regresa al río que visitó durante su juventud—un río que cruzó cuando iba hacia la ciudad, donde encontró a un barquero al que comentó que algún día le gustaría aprender su oficio. Buscando darse muerte, cae al lado de un cocotero, donde nuevamente encuentra su propósito. Por fortuna, encuentra a su amigo Govinda, quien ya se ha convertido en uno de los seguidores de Buda. Una vez retirado su amigo, Siddhartha se dirige al río y le pide al barquero que le enseñe su oficio.

Durante el tiempo con el barquero, Siddhartha aprende algunas de las lecciones más valiosas de su vida, aunque también presencia algunas de las tragedias más grandes. Al comprender más sobre la vida, sobre escuchar, entender y razonar con claridad, se topa con Kamala, quien iba en busca de Buda, ya en su lecho de muerte. Esta había donado todo previamente al Buda, incluyendo el jardín donde habitaba. Durante la travesía, Kamala muere por la mordida de una serpiente. Su hijo—fruto de su último encuentro con Siddhartha—le guarda un profundo odio, pues no quiere vivir como él: una vida estoica, filosófica y espiritual. Con dolor y amor, Siddhartha acepta los regaños, castigos e insultos de su hijo, intentando darle gusto, aunque nunca lo logra. El hijo escapa, y Siddhartha no puede hacer nada para detenerlo.

Finalmente, Siddhartha logra entender con claridad todos los eventos de su vida. Comprende el río, el curso de la vida, a Brahmán y Atman, que representan la divinidad, aquello sin forma que siempre fue la codicia que pellizcaba en su interior. Comprende lo que podría considerarse el Yin Yang: el bien y el mal, la luz y la oscuridad, el amor y el odio. Encuentra un equilibrio que le gana una sonrisa eterna—una sonrisa que provoca lágrimas de emoción. Es Govinda quien lo ve en este estado de iluminación y lo compara directamente con Gotama, el Buda, mencionando que esa sonrisa y el aura que irradia—ese amor, por decirlo de alguna manera—solo lo había visto provenir de una persona: el Buda, que ya había pasado al descanso eterno.

Es un relato corto, aproximadamente 150 páginas, y muy interesante. En los años 60 se volvió una lectura obligada por su contenido, y más que nada por abrir las puertas de Oriente a un Occidente que aún se encontraba algo aislado de estos pensamientos: Budismo, Taoísmo, Confucianismo, Hinduismo, etc. Es un contraste demasiado fuerte comparado con Occidente y sus religiones como el Cristianismo o el Islamismo. Pero, aunque se encuentren relaciones entre ambos mundos, siempre será más antiguo y más sabio aquel mensaje que nos dejó el hombre que conocemos como Buda—un mensaje de amor mucho más viejo que el dejado por Jesús de Nazaret.

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