En la oscuridad—no necesariamente la que percibe el ojo, sino la que habita el alma, la mente, las carencias—en esa oscuridad vive algo que no comprendemos. No existe en el mundo físico, pero podemos encontrarlo de otras maneras. Una de ellas es poco evidente, pero se manifiesta en el placer. No es tarde ni temprano; es simplemente un día normal y corriente. Un autobús recorre la ciudad con el cuidado que le corresponde, respetando las leyes que le interesan y siguiendo los pasos que le importan. Es, en sí, un buen anarquista del camino. En él viajan pocas personas, descuidadas y acostumbradas al manejo que se tiene de ellas todos los días al usar el método público para transportarse. Dentro de ellas no existe esperanza, ni luz, ni mucho menos una onza de interés. Están muertos, vacíos como los capullos que deja una mariposa al elevarse bellamente por el cielo y dejarse llevar.