El hombre de la montaña#
El Hombre de la Montaña nos ha dejado claro algo cuando bajó al Mercado de la Plaza: había aprendido algo en su viaje.
—El hombre del sombrero mencionó al niño que viajaba con él.
Ambos observaban con detalle al Hombre de la Montaña, quien a su vez les observaba con el mismo detenimiento. Les había abordado al percibir en ellos una mirada distinta a la de los demás: esos ojos estaban llenos de curiosidad y vida, contrarios a la mayoría, en cuyos ojos se reflejaba un vacío oscuro.
—Es debatible lo que uno aprende cuando sube una montaña —mencionó el Hombre de la Montaña, apuntando hacia su izquierda—. Una montaña es piedra formada por acción volcánica; eso nos enseña que el mundo está vivo. Que podamos escalarla es inútil discutirlo: es más por un mérito o por presumir algo. La montaña te enseña modestia, moderación, pero sobre todo te enseña perseverancia.
—Puede ser, pero existe un significado oculto de la montaña cuando la observamos desde aquello que este mundo trata de explicarnos —mencionó el hombre del sombrero, quien observó la montaña y suspiró. No mostraba el menor interés en subir algo tan alto simplemente por hacerlo.
—¿Qué secreto nos oculta, según usted? —El Hombre de la Montaña levantó la ceja derecha y cruzó los brazos.
—La montaña representa el conflicto interno en el que vivimos. Llegar al pico y observar desde ahí prueba definitivamente que hemos perseverado en algo que desde abajo parece el mayor reto de nuestras vidas. Pero una vez arriba entendemos que ha quedado atrás; fue lo más sencillo que pudimos realizar en nuestro tiempo —mientras decía esto, el hombre del sombrero tomó un pañuelo, limpió su frente sudada, lo mantuvo en su mano y observó pensativo la montaña—. También habla de un proceso de purificación: después de pasar por un momento tan difícil en nuestra vida, donde solo podemos ver nubes, de pronto, el sol nos ilumina desde lo alto con su infinita sabiduría y, abajo, el valle nos invita a llenarnos de serenidad mientras atravesamos este momento de calma completa.
—Usted habla de meditación —el Hombre de la Montaña hizo una mueca y levantó ligeramente la ceja derecha; no parecía impresionado por lo dicho por el hombre del sombrero.
—Sí, pero mi punto se pierde con su viaje, ya que usted no lo hizo por ese motivo. Creo que nadie lo haría por ese motivo —continuó el hombre del sombrero.
El Hombre de la Montaña asintió, pero alzó el dedo índice derecho.
—Claro que nadie subiría una montaña simplemente para meditar. El proceso entero de subir y bajar la montaña es la meditación y el aprendizaje más complejos por los cuales uno puede pasar. El hundimiento en la nieve y su eventual transformación en agua nos deja claro que, eventualmente, todo se desvanece en el aire. Nosotros también.
El hombre del sombrero quedó pensativo ante la última afirmación y preguntó sin dudar:
—¿A qué se refiere con eso?
El Hombre de la Montaña hizo otra mueca y se limpió la nariz sin importarle quién lo viese o escuchase.
—El hielo pasa a estado líquido, agua, y el agua pasa a estado gaseoso, vapor, para después volver a caer en la montaña. Nosotros pasamos por un proceso parecido al aprender: somos duros, creemos saberlo todo, eventualmente algo quiebra y fluimos con ello, aprendemos algo, nos evaporamos al habernos extendido tanto como hemos podido para aprender, y nos volvemos sólidos para cementar ese conocimiento adquirido. La montaña somos nosotros y viceversa. Eso es lo que he aprendido de ella.
—Quisiera decir que he aprendido algo del desierto, pero no creo tener algo tan poético e importante como lo que acaba de mencionar —respondió el hombre del sombrero.
El Hombre de la Montaña suspiró y pasó su mano derecha sobre el rostro.
—Claro que tiene algo de qué hablar. Todavía no se da cuenta de ello, al igual que yo no me di cuenta de la importancia de la montaña hasta que hablé con usted en este momento.
El hombre del sombrero parecía sorprendido por la mención.
—¿Qué? ¿Nunca le ha pasado que aprende simplemente por hablar con alguien más? No necesariamente tiene que ser un tema filosófico. Uno aprende de todo lo que le rodea si escucha, observa y calla antes de decir una sola palabra. No había considerado todo lo que la montaña me había enseñado, ya que nunca tuve el momento de meditarlo propiamente. Hablar con alguien más abre un espacio de meditación para aprender qué es lo que está mal con uno y con el otro.