Acto I — La Llamada del Silencio#
Había perdido la cuenta de los días.
Dormir se había convertido en una ceremonia fallida, una promesa rota entre cuerpo y mente.
A la quinta noche sin descanso, dejé atrás el orgullo y me rendí al juicio de un médico que me dijo lo obvio:
“La ciudad devora a quienes no aprenden a respirar con ella.”
Trabajo, familia, tráfico, deuda.
Maldiciones modernas disfrazadas de progreso.
Después de varios análisis y visitas, se me otorgó un pacto farmacológico:
pastillas para dormir, para regular la sangre, para callar la furia.
Un exorcismo químico disfrazado de receta.
Los primeros días me mantuvieron igual o peor—una rutina de tragar cápsulas y esperar revelación.
El doctor pedía paciencia. “Un mes. Nada menos.”
Obedecí, no por fe, sino por cansancio.
Y entonces algo empezó a girar.
No era alivio. Era reordenamiento.
Los ruidos se atenuaban, no desaparecían.
El mundo seguía siendo caos, pero yo me convertía en algo que lo miraba sin ser parte.
Como si flotara por encima de las estructuras del sufrimiento.
Acto II — La Vigilia#
Dormía, sí… pero no soñaba.
Las noches dejaron de tener contenido.
Despertaba como quien abandona una sala sin ventanas, sin haber estado nunca dentro.
El calendario empezó a perder coherencia.
Saltaba días sin notarlo.
La comida se volvía irrelevante.
Las conversaciones parecían ecos repetidos de palabras que ya había pronunciado en otros cuerpos, en otras vidas.
Una madrugada, sentí que el silencio me respondía.
No con palabras, sino con una vibración sorda, como una señal antigua que reconocía mi estado—
una frecuencia destinada a quienes caminan medio dormidos, medio despiertos.
La ciudad dejó de pertenecerme.
O quizás yo dejé de pertenecerle.
A veces me detenía en la esquina de una calle cualquiera y todo parecía… construido para otros.
Los semáforos parpadeaban en patrones que sugerían intención.
Las grietas del pavimento formaban símbolos que no recordaba haber estudiado, pero que mi cuerpo entendía.
La vigilia había dejado de ser espera.
Ahora era invitación.
Acto III — El Umbral#
Desperté a las 3:33 a.m., sin alarma ni sobresalto.
La habitación había olvidado cómo hacer sombra.
El aire estaba inmóvil, como si el tiempo hubiera sido suspendido por una autoridad que no reconocía relojes.
En la esquina del techo, donde la arquitectura nunca había sido interesante, algo brillaba.
No era luz.
Era estructura.
Una forma con intención, sin origen humano.
Parpadeé, y no desapareció.
Me paré frente a ella, y el mundo se encogió para dejarla sola.
El resto: muebles, paredes, memoria… se volvió neblina.
El Ojo no tenía pupila.
Ni color.
Ni emoción.
Pero al estar frente a él, todas mis decisiones pasadas se ordenaron como ofrendas.
Todo lo que había sido, pensado, temido—se archivó en una geometría que no entendía pero reconocía.
El juicio no dolió.
No fue perdón ni condena.
Fue transición.
Y entonces, lo entendí:
El Ojo no observa.
El Ojo despierta lo que hemos olvidado que somos.
Cuando cerró, yo no quedé detrás.
Quedé dentro.
Acto IV - La otra cara#
Tenía días sin poder dormir bien. Después de varias noches, desistí de mi orgullo y visité a un doctor para comprender mejor mi situación. Me dijo cosas que ya sabía, pero que ignoraba: trabajo, familia, la vida en la ciudad… todo eso pone al hombre moderno en el ojo del huracán, y puede ser su fin si no se controla.
Tras varios análisis y una semana de visitas continuas, el veredicto estaba claro. No había manera de evitarlo.
Se prescribieron medicamentos: para dormir, para mantener la presión sistólica, y para controlar los continuos ataques de furia que se agravaban con el tiempo, impulsándome a desquitarme con cualquier cosa o persona que se me cruzara.
Los primeros días no surtieron efecto. Me sentía igual o peor. Comencé a desesperarme y volví al consultorio. El doctor me pidió paciencia:
“Un mes. Luego reevaluamos.”
Pasó otra semana, y percibí algunos cambios sutiles. Todo comenzaba a ordenarse. La calma llegaba lentamente. Aunque las cosas a mi alrededor empeoraban, yo comenzaba a tomarlas con más mesura. Decidí no mortificarme por lo que estaba fuera de mi control. Esto ayudó al cambio efectivo en mi salud.
Durante semanas, todo mejoraba. A los meses, ya era un hombre nuevo.
El doctor advertía que no debía abandonar el tratamiento, pues podía producir una recaída o una depresión severa.
“No pierdas ninguna dosis.”
Continué por unos meses más. Todo seguía en orden.
Hasta que un día olvidé una dosis, ocupado en asuntos importantes. Al darme cuenta, noté que no había pasado nada. La tomé apenas volví a casa.
Este hecho se repitió. A veces minutos, otras horas, una vez incluso dos días… y nada sucedía. Me sentía en la gloria. Entendí que el medicamento ya había cumplido su función.
Me armé de valor y lo dejé. Todo estaba bien. Continué mis actividades. Vivía la vida a plenitud.
Pero esa noche… todo cambió.
Llegué a casa, cené, vi algunas noticias y me fui a dormir.
Horas después, desperté empapado en sudor, temblando sin control, con dolores por todo el cuerpo.
Un ruido ensordecedor en los oídos, como si tronaran un silbato dentro de mi cabeza, acompañado por un tamborileo que parecía penetrar desde la frente.
Mis ojos no se adaptaban a la luz.
Mi boca estaba completamente seca, áspera, incapaz de salivar, y con un dolor ardiente en el paladar y la garganta.
Con esfuerzo me retiré de la cama y busqué agua.
Fue difícil, pero al lograrlo, sentí que era lo más delicioso que había probado en mi vida.
Una bendición de Dios.
Llevé un vaso de agua hasta mi habitación, pero me detuve. Instintivamente observé hacia el balcón.
Estaba abierto. Las cortinas quietas.
La luz de la luna entraba, pero parecía cambiar constantemente.
Me acerqué al exterior, buscando el aire de la noche, y observé la luna: enorme, magnífica, bronceada… pero extrañamente parecía como si la noche misma fuera a devorarla.
Me quedé estático.
La luna estaba rodeada por lo que parecían dedos: nubes, pensé… pero no había ninguna visible.
La oscuridad comenzó a rodearla.
Lentamente, como tentáculos que se agitaban, que pulsaban… que se escurrían sobre ella.
Hasta que fue devorada.
Y quedó un espacio diminuto donde brillaba un violento rojo escarlata que me cegó al instante.
Cubriéndome el rostro con la mano, traté de comprender la nueva figura de la luna.
La oscuridad se cerró completamente… y luego se abrió hacia arriba y abajo.
¡Era un ojo!
O al menos actuaba como uno.
Hermoso y terrible a la vez.
Mi mano soltó el vaso, y el sonido al romperse me sacó del trance.
Al mirar al suelo, noté que estaba rodeado por la misma oscuridad que había consumido a la luna.
Ya cubría buena parte de mis piernas.
Intenté moverlas, pero estaban inmóviles.
Quise gritar… pero algo rodeaba mi garganta.
Una especie de cuerda la apretaba, dejando apenas el suficiente espacio para respirar… lento, doloroso… como si la perdición se arrastrara conmigo.
Lo poco que quedaba de conciencia me decía que debía mirar la luna.
Lo hice.
Pero el trance me aterraba.
Ese ojo escarlata me juzgaba.
Cada parpadeo parecía un segundo, como un reloj.
Pero no entendía qué me quería decir.
Finalmente, la oscuridad cubrió todo mi cuerpo.
Mis esfuerzos eran en vano. Cada vez más débiles.
Y lo único que quedaba en mi mente era:
¿En qué estado encontrarán mi cuerpo cuando todo esto acabe?