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  1. Stories/

Tubal-Cain y las Arenas del Olvido

7 mins· ·
Ficción Mundos Esotéricos De La Digimente Alquimia Mito Español
Vicente Manuel Muñoz Milchorena
Author
Vicente Manuel Muñoz Milchorena
Cybersecurity Professional | Writer and Editor | People Person
77 - This article is part of a series.

Alan se encuentra en el desierto después de un largo viaje. Ha pasado por tantos lugares y personas que ya no recuerda a qué viene. Busca algo, aunque no sabe si existe una respuesta. ¿Su propósito en la vida? No, eso es muy existencialista. ¿Porque lo dejó su novia? Tampoco. Eso ya le había quedado claro desde mucho antes de que terminaran. No buscaba poder ni conocimiento. Estaba buscando algo… y ya no recordaba qué era, pero debía seguir su camino.

Ya había pasado al menos un centenar de veces por aquella estatua medio sumida en el desierto, de la cual ahora conocía su nombre. Algunos decían que había sido un rey muy famoso, pero para Alan eso era mentira. No podía ser tan famoso como para que olvidaran aquella estatua enorme. Otros decían que fue un guerrero o un general que ganó su batalla más importante allí. Pero ¿por qué levantar una estatua tan enorme en un lugar donde nadie podía recordarla?

Unos pocos decían que era la estatua de un herrero que se había dedicado a la guerra por tradición familiar, pero que se arrepintió al final y dedicó su vida a remediarlo, haciendo algo productivo y constructivo para la humanidad.

Aquellos pocos decían que su nombre era Tubal-Cain.

La figura bíblica y francmasónica. El creador de los Pilares. El guardián de la puerta más grande.

Alan no conocía muy bien la historia, pero sabía que si era cierto, entonces debía encontrar alguno de los legados de Tubal-Cain en los alrededores. No había tenido éxito. Solo encontraba arena y personajes confusos que lo guiaban hacia la terrible nada del desierto—un vacío donde eventualmente encontraría su muerte si no salía. Pero se negaba a hacerlo. Sabía, o más bien presentía, que tarde o temprano encontraría algo en las arenas.

La primera figura memorable que encontró fue un hombre montado en un caballo ciego que cargaba a un niño en la espalda:

—Buscas aquello que no se puede encontrar, los secretos de las palabras, todo aquello oculto desde el principio de los tiempos en aquel inmortal “YO SOY EL QUE ES EL”. No eres el primero ni el último. Continúa tu viaje siempre hacia occidente y eventualmente podrás ganarle al sol y descubrir los secretos en las tinieblas.

Esa respuesta no le dio ninguna satisfacción. Ni siquiera sabía si tenía sentido. Pero decidió caminar hacia occidente. Fue más sencillo de lo que esperaba. Rápidamente superó la carrera del sol hasta llegar a las tinieblas del desierto, donde podía observar sombras moviéndose a su alrededor.

Comenzó a pensar que no eran producto de su imaginación. Cuando comenzaron los murmullos, pensó que estar solo le estaba causando demencia. Pero esto no le había pasado antes. Decidió conversar con las sombras para eliminar sus dudas:

—¿Quién está ahí?

La respuesta vino en forma de un fuerte soplido de viento:

—Somos todos aquellos que temes confrontar en tu vida terrenal, y todo aquello que te torturará a la hora de tu muerte.

—Eso suena muy dramático…

Otro soplido respondió:

—Tan dramático como la razón por la cual vagas en el desierto como un idiota.

Hablaban de los cuatro elementos terrenales: Agua, Fuego, Viento, Tierra.

Alan quedó en silencio. Comenzó a razonar lo que había escuchado. Buscar algo sin saber qué era podía sonar dramático, pero no pensaba que fuera estúpido. Tal vez, solo tal vez, lo que quería encontrar era egoísta. La respuesta era solo para él.

—Bueno, y si es así… ¿qué tiene de malo?

Antes de poder continuar, un leve silbido apareció, y una figura comenzó a tomar forma en las arenas: una serpiente o lagarto que lentamente se volvió más humano. Se acercó hasta estar frente a él. Lo miraba como si fuera a burlarse. Sus manos largas y escamosas descansaban cerca de su estómago, una sobre la otra, con un espacio entre ellas donde giraban figuras geométricas en dirección desconocida.

El Dragón interior.
Aquel que entra por el Kundalini.
La piedra filosofal de la Alquimia Hermética.

—¿Quién eres?

La figura acercó las figuras geométricas hacia él y dijo:

—Tengo tres preguntas para ti: ¿Quién eres? ¿De dónde vienes? ¿A dónde vas?

—¿Qué tiene que ver eso con mi pregunta?

Un fogonazo de aire caliente le golpeó el rostro. La arena lo dejó ciego temporalmente mientras su cara ardía.

—No puedes saber qué buscas si no te conoces a ti mismo. No sabes quién eres porque no sabes de dónde vienes ni a dónde vas. No has entendido que el oro en ti no reluce por todas las impurezas. El vitriol tiene que consumirte para que puedas renacer en un nuevo tú, uno que sepa qué hace aquí por su cuenta.

Alan recobró la vista. Con ojos llorosos se encontró nuevamente con la oscuridad. No había sombras ni viento. La figura había desaparecido. Solo quedaban las preguntas… y el mensaje del oro, las impurezas y el vitriol.

Continuando su camino por las sombras, Alan eventualmente regresó a la luz y luego a las dunas. Pasó nuevamente por la estatua olvidada. Siempre regresaba ahí. Se preguntaba por qué. Al principio pensaba que era por el desierto vacío, pero luego comprendió que era la estatua lo que le provocaba ese pavor.

Sospechaba que la estatua había sido puesta allí para ser olvidada. Una ofensa monumental. Una obra tan enorme que nadie podría apreciar, ahora en ruinas. Si ese era el caso, entonces el ego de quien la mandó construir debía ser tan grande que pensaba que podía desafiar al desierto, al tiempo, incluso al sol.

Tal vez ese legado servía como advertencia: no repitan los errores de quien puso la estatua aquí. El tiempo no perdona y olvida fácilmente nombres y rostros.

Alan se detuvo lo suficiente como para que otra figura se le acercara. No era la primera vez, pero siempre lo alarmaba.

—¿Impresionante, no?

Alan volteó rápidamente. Frente a él estaba una figura vestida con traje azul cielo, corbata roja, pañuelo blanco con un círculo verde y rojo. Pelo relamido hacia atrás, barbilla cuadrada, mirada penetrante.

—No sé si sea impresionante o no. Verla tantas veces le quita la emoción de la primera vez.

El hombre sonrió y le dio unas palmadas en la espalda.

—Nunca deja de ser impresionante. Cuando sabes el significado de algo como esto, no puedes dejar de impresionarte del legado que dejan algunos para el beneficio de otros.

Alan tomó el comentario con sospecha, pero mordió el anzuelo.

—¿Qué significa?

—Recuerdo que hace mucho tiempo existió un rey. Un rey humano. Fue el primero en tomar el título. Su familia gobernaba lo que se podría llamar la primera ciudad. Casas de lodo, más bien. El término no importa. Lo que importa es que fue el primero en hacerlo en esta parte del mundo.

—¿Enoch?

El hombre lo miró intensamente. Luego volvió su mirada a la estatua.

—Sí. Enoch y su padre Caín. Algunos decían que era ego, otros que era amor. Yo siempre asumí que todos tomaron muy en serio la situación y escaló a ser algo que no debió ser. Si no le hubieran puesto la marca, no estaríamos aquí. Suficiente de eso. ¿Qué quieres?

—Si supiera, no estaría vagando el desierto.

El hombre asintió y se acercó al codo de la estatua, hundido en la arena.

—Bueno, eso me pudiste preguntar desde un principio. No dejes que tu mente escueta te cierre el mundo cuando te dan las llaves para abrir cualquier puerta.

—¿Y si pregunto qué es lo que estoy buscando?

—Te diría que perdiste tu oportunidad y que debes aprender a vivir con tus errores. Algunas cosas en la vida no pueden ser reparadas. A veces, fuerzas externas lo impiden. Si no, lo que te acabo de decir de Caín no hubiera pasado.

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