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  1. Stories/

Yo(d)

15 mins· ·
Kabbalah Mysticism Esoterica Life Español
Vicente Manuel Muñoz Milchorena
Author
Vicente Manuel Muñoz Milchorena
Cybersecurity Professional | Writer and Editor | People Person

La puñeta canción había parado, no podía ser la batería y tampoco eran los audífonos, eran nuevos los dos y el aparato, aunque viejo, todavía funcionaba bastante bien, posiblemente eran los discos que usaba del Walkman que ya estaban tan usados que simplemente ya no daban más.

No sabía qué le preocupaba más a ese punto: el hecho de que varios de sus discos tenían esas fallas, que todavía seguía usando aquel Walkman viejo que había comprado hacía casi diez años, que el Walkman estuviera en mejor condición que ella o que las canciones que no se escuchaban eran las más deprimentes.

Pensaba más en eso mientras subía por el elevador hacia la oficina donde trabajaba, le traía a la mente un cover de “Thirsty and Miserable” de Hatebreed, no dejaba de amar el original de Black Flag pero se sentía más identificada con el video del cover, a veces ya ni sabía por qué se esforzaba en seguir viviendo y después se acordaba del loco de Death, ex-vocalista de Mayhem, y el mensaje que dejó.

—Perdonen el desastre, no encontré una mejor manera de hacerlo— o algo así.

No quería sonar tan deprimente y a la vez sabía que su situación era diferente a la de muchos locos de verdad que se daban un tiro en la sien o se colgaban con sus agujetas, algunos de sus amigos ya lo habían hecho y le había quitado el espanto del suicidio, antiguas culturas habían visto el suicidio como algo normal, el hacerlo no tenía nada de malo y el estigmatizar a la gente que pensaba de esa manera la molestaba cuando hablaban de tomar una decisión.

—Qué puta mierda saben ellos de lo que uno vive y de por qué quiere acabar con su vida, somos ya un chingo en el planeta, mejor me hago un favor y a todos— pensaba mientras seguía batallando con el aparato.

—Una boca menos que alimentar, unos pulmones menos que respiran el poco aire que se acaba, asqueroso y lleno de químicos como el agua que tomamos, y un par de manos menos para el sistema capitalista que se podía seguir chingando a otras personas y al cual no le faltaba gente buscando trabajo, todos pueden meterse a Marx por el culo.

Le había perturbado algo el viaje en transporte público, siempre le molestaba pero esta vez había puesto más atención de lo habitual y quedó marcada por lo que vio, los usuarios del camión no dejaban de observar sus teléfonos, desde adultos mayores hasta niños de seis años de edad.

Le sorprendía que un perro que llevaba uno de los usuarios no tuviera conectado alguna clase de visor o aparato, le animó de cierta manera que ese perro era el único que ponía atención a lo que estaba alrededor y estaba feliz de verla a ella poniendo el mismo tipo de atención.

Un solo animal no compensaba la soledad desafortunadamente, alrededor no socializan entre ellos y quien sabe si lo hacían en casa, siempre un aparato de por medio los conectaba a la gran nada, los imaginaba a todos con los ojos brillando en miles de colores, en la oscuridad no eran más que el reflejo de un enorme vacío que compensaba.

Les dominaba el ego. Yo soy el ego.

En la oficina no se sentía diferente a como miraba el mundo exterior, gente en sus veintes y treintas, con jefes que pasaban en algunos casos de los cuarenta y cincuenta, que sabían lo que hacían y que tenían años entendiendo el mercado en el que trabajaban.

Tan bien lo entendían que cuando pegó la última crisis ellos fueron los primeros en volar fuera de la compañía, al olvido donde su vejez no les daría más que pocos lujos. Si pudieran también los hubieran hecho volar por la ventana para que pagaran algunos de sus exagerados lujos que se dieron por años y años a reventaespaldas de todos los miserables empleados que tecleaban, pujaban y corrían por ellos, el sudor y la sangre, si fueran una moneda de intercambio, no tendrían mucho valor en esta oficina.

Pero lo del sudor era una metáfora nada más, nadie sudaba con el aire acondicionado y les corría mierda por las venas a todos porque eso es lo que tenían en el cerebro, la moneda de intercambio de esta oficina sería realmente el estrés y si lo pudieran manejar en cubetas muchos ya estarían retirados.

Algunas personas en sus treinta ya tenían canas, no se le hacía nada raro hacía algunos años, pero empezar a ver a jóvenes en sus veintes con canas le preocupaba por la salud general de todos y verlos perder tan rápido la voluntad de ser lo que quisieran ser también la mataba al igual que a ellos.

Estar atrapada en un cubículo al igual que los demás le hacía perder la cordura con cada día que pasaba, su jefe la entendía y también entendía que por políticas de inclusión debían tener:

—Una loca o desadaptada social, para ser políticamente correctos, y así dar a ver al mundo que somos una empresa que le importan todos, aunque sepamos que un día puedes llegar a la oficina con un arma y matarnos a todos.

La gracia de sus chistes pendejos y ofensivos no hacía que llevaran su relación de mejor manera, tampoco la de sus compañeros de trabajo que no tenían la menor idea de lo que hacían la mayor parte del tiempo, el que le llamaran a altas horas de la noche o en la madrugada no era el problema, tampoco los cientos de correos con los que amanecía, era el simple y sencillo hecho de que a la larga nadie sabía o entendía lo que estaba haciendo o por qué lo estaba haciendo.

Las interminables juntas daban pie a que se hicieran más juntas para discutir las últimas juntas, se creaban nuevas medidas y procedimientos con los cuales difícilmente todos podían estar al día, los entrenamientos necesarios los daba gente que no entendía lo que estaba haciendo, explicaban las cosas como podían y cualquier duda quedaba en el olvido porque no existía manera de mandar alguna clase de retroalimentación a la gente que mandaba la información a diario debido a lo saturado que estaba su agenda.

Por eso ella no les hacía caso, trabajaba las horas que tenía que trabajar, hacía las cosas con procedimientos obsoletos de los cuales ya estaba segura y nadie se daba cuenta porque nadie podía estar a la fecha con lo que les pedían, entregaba todo antes de salir y dejaba que los demás lidiaran con lo que no quedara resuelto, hacía el trabajo mínimo que le pedían básicamente y salía limpia sin que nadie le reclamara nada porque la mayoría del tiempo todos se encontraban sumidos en lo que fuera que tuvieran que hacer.

Ni recursos humanos ponía pretexto a su comportamiento porque de todos, a ellos eran a los que menos les importaba la situación en la que los empleados vivían, solo les interesaba saber que no se estuvieran muriendo de alguna enfermedad que fuera a ser costosa a largo plazo y que la empresa tuviera que cubrir por obligación o que no estuvieran al borde de perder a media oficina, si ninguna de estas dos cosas pasaba entonces todo estaba en orden.

El statu quo que vivía día a día era un horror comparable a una dictadura, tal vez exageraba pero lo asumía tomando como base la cultura, tendencias y lenguaje que se usaba para comunicarse. Si algo tan asqueroso como un correo con faltas de ortografía por parte del presidente de la empresa era aceptable entonces no había más que hacer.

Al menos el dinero seguía llegando y ella seguía escapando de todos en el mundo sin reclamo alguno.

La primera acción del día, una vez que había llegado a la oficina, era dejar su saco largo, bufanda y guantes en su cubículo, una lonchera que llevaba consigo la dejaba en su escritorio mientras de un gabinete cerrado bajo llave tomó una taza que ya había limpiado el día anterior pero que volvía a limpiar por higiene, no sabía qué clase de cosas volaran en la oficina y con una parte considerable del personal de la oficina siempre enfermo era mejor no arriesgarse.

Llevaba su propio café y lo preparaba a su gusto, no le gustaba cómo preparaban el café en la oficina, estaba aguado o quemado porque nadie sabía que debían quitar el maldito café después de prepararlo, difícilmente sabía a café, le gustaba pesado pero no de la manera asquerosa como lo preparaban en la oficina.

Su comida era sagrada y no permitía que estuviera en el comedor o en cualquier de los refrigeradores de la empresa, se las había arreglado para meter un pequeño refrigerador hasta su cubículo sin que nadie le diera mucha importancia porque en los fines de semana a nadie le importaba lo que hicieras, estaban cansados, hartos, pedos, crudos o en medio de un viaje, que metiera un pequeño refrigerador era el menor de sus problemas y de esa gente que vio algo no quedaba nadie laborando en la empresa.

Pronto serían cinco años que la empresa pagaba el costo de electricidad de aquel pequeño y no era lo único que había metido a la empresa que le servía de una manera muy precisa. Una laptop descansaba dentro de los cajones bajo llave de su escritorio, pertenecía a la persona con la que compartía el cubículo, cuando desapareció el departamento de sistemas nunca se tomó el tiempo para venir por ella y posiblemente la había dado por perdida.

Había sido sabia al preguntar si podían cambiar su equipo, una vieja computadora de escritorio que no podía con su alma y dejaba prendida todo el día para evitar las dos horas de reinicio que tomaba, y recibir como respuesta que ya se había reasignado a otra persona.

Ella no iba a pelear contra eso.

Desde ese día aprendió nuevas habilidades de sistemas que seguía cultivando a la fecha, poco a poco había aprendido a usar estas habilidades para su beneficio personal desde instalar un nuevo sistema operativo hasta ingeniería social, incluso con la misma gente de sistemas, y abuso de vulnerabilidades, por herramientas que están libremente disponibles y que jamás hubiera imaginado eran tan fáciles de obtener, para acceder a sistemas a los cuales solo usaba unos minutos al mes, meter un kilo de papel para obtener ese permiso se le hacía lo más retrógrado posible y no quería lidiar con imbéciles que regresaban papeles porque faltaba un punto.

El departamento de sistemas no había dado con la máquina y aunque sospechaban de que algo pasaba internamente no podían verlo, probablemente tampoco querían lidiar con eso ya que la larga cadena de eventos que tendrían que explicar para llegar a ese punto les podría costar su trabajo, y el de ella, pero tenía menos que perder que muchos de ellos.

Lo mejor de todo ello era la posibilidad de usar la red de la empresa para obtener material, de manera ilícita obviamente, de manera encriptada y llevarse todo a casa sin que nadie se diera cuenta de que existía un túnel privado entre un servidor que había creado en la nube y esta laptop, a veces le interesaba unirse a sistemas para poder hacer todo esto pero recordaba el tipo de gente que trabajaba en el departamento de la empresa y se le quitaban las ganas.

No tenía ganas de lidiar con gente tan mediocre y sin ganas de progresar en la vida, ya lo hacía día a día y se había acostumbrado a ser invisible. —Mejor así— pensaba mientras tomaba el primer sorbo de su café.

Su rutina diaria era un tedio mortal, los correos que le llegaban de sus compañeros de trabajo le irritaban, las cadenas que empezaban y nunca parecían terminar continuaban así ad infinitum, lo poco importante se quedaba en la bandeja de entrada, lo demás lo botaba de inmediato al bote de basura y se perdía una vez que cerraba la aplicación para verificar sus correos, pensar que miles de años de evolución de la lengua escrita terminarían en millones de palabras siendo descartadas en minutos le daba náuseas pero qué sabían los sumerios o los chinos de estas cosas en su momento, o si lo sabían no querían preocuparse en su momento porque eso estaba muy lejos para ellos.

Imaginaba si los dioses que representaban en las épicas, mitos e historias que contaban serían gente de sistemas atrapadas en un mundo de gente ignorante que apenas si sabía que podían plantar comida y dejar de correr por todos lados desnudos.

Qué triste su vida y caso.

Los reportes que le pedían estaban automatizados gracias a su curiosidad por aprender algo de programación, nada muy complicado, código sucio que le daba exactamente lo que necesitaba después de teclear algunas palabras clave, eso era básicamente todo lo que hacía durante el día, de hecho su posición se había vuelto parcialmente obsoleta por el paso del tiempo pero su eficiencia en la entrega de lo que pedían le mantenía ahí, misma paga, mismo trabajo asqueroso.

Pero podría lidiar con eso si la dejaran trabajar desde casa, todavía no había encontrado el sistema para dar entrada y salida con su tarjeta, sus contactos no eran lo suficientemente importantes o capaces de darle permisos para dar esas entradas y salidas desde casa y si bien entendía que ese mismo sistema estaba ligado a contabilidad y cobranza, el entrar a estos sistemas era un riesgo con el que no quería lidiar si es que alguien se daba cuenta.

Estaba dispuesta a tomar riesgos pero no tanto como para buscar años en prisión por la pinche desidia de no querer levantarse, prepararse, tomar el transporte público y aplastarse más de ocho horas al día en un escritorio para repetir lo mismo el día siguiente.

Pero la loca era ella.

En sus ocho horas se dedicaba a visitar foros, leía libros enteros y tomaba notas que utilizaba en su vida personal y en alguno que otro escrito que ponía en su blog que estaba abandonado desde hacía meses, aprendía cosas nuevas que podía dar uso práctico la mayor parte del tiempo, dejaba que la máquina trabajara para que ella pudiera hacer lo que le gustaba, vivir como a ella se le pegara la gana y hacer lo que quisiera sin mayor consecuencia que la de perder un trabajo en el cual ya tenía años y dentro del cual era de los miembros más veteranos, despedirla sería razonable pero un error que era visible debido a su “productividad fantasma”.

O eso pensaba, asumía, realmente no entendía por qué recursos humanos, su jefe o alguna otra persona que tuviera relación con ella realmente la querría tener en aquella posición, tal vez lo hacían para que no causara más problemas en algún otro puesto o potencialmente porque siendo la única persona que quedaba ahí con suficiente experiencia no era factible moverla a un lugar donde haría lo mismo que los demás, cagar todo infinitamente y vivir con las consecuencias.

Su último interés se había vuelto todo aquello que tuviera que ver con lo esotérico, aprender de las filosofías herméticas y cabalísticas de occidente le daba una nueva manera de ver las cosas, no era fiel creyente, no había sido bautizada ni ingresada a alguna religión en contra de su voluntad, curiosamente su madre nunca buscó eso para ella, a su padre le daba igual lo que hiciera con eso, le dio la oportunidad de conocer lo que le rodeaba y de tomar una decisión conforme a lo que ella considerara apropiado, hasta la fecha no encontraba nada que realmente le llamara la atención en ese ámbito y debido a sus costumbres, muchas de las cuales no quería librarse, no pensaba que fuera propicio tomar alguno de esos caminos.

Pero algo le había llamado la atención durante sus largos períodos de lectura, alguna vez había escuchado de un cuento llamado “El Aleph” y de su significado y relevancia, el hebreo parecía tener bastantes cosas interesantes y ocultas dentro de las cuales encontró algo conocido como la Yod.

—El Yod es un símbolo de unidad, el punto, el principio y fin de todo, es el punto dentro del círculo del cual deviene Dios y que emana sobre todo lo que existe, toda palabra, letra, número y existencia comienza con un simple punto y así también termina su existencia cuando alejamos el lápiz de él.

Mientras lo decía pensaba que un lápiz ya no era algo que existiera pero consideró que el cero y el uno era algo muy parecido, el número uno es único y su valor no puede ser modificado, representa todo lo que está unido y el cero representa algo que existe de la misma forma pero no tiene un valor como tal, aquella concepción le hizo pensar en todo lo que le rodeaba.

Todo alrededor era un cero, no contribuía absolutamente nada a nadie ni ayudaba al progreso general de la humanidad, un trabajo es algo que proporciona algo más que una remuneración por un esfuerzo inútil, es un castigo divino que el Dios cristiano había emitido sobre el hombre, sobre la mujer el sangrar cada puto mes, ahora le tocaba lidiar con ambos casi al mismo tiempo, que se le castigara doblemente solo podía ser algo que un Dios tan horrible podría concebir para sus hijos queridos.

De ahí recordó entonces el uno, el punto, la Yod hebrea, porque todo lo que existe está alrededor de uno entonces el centro de todo siempre lo es uno mismo y en teoría todos los demás son su propio centro, ella era la Yod de su propio mundo, tal vez de este, y tenía todo el poder de hacer o deshacer todo a su gusto como ya lo estaba haciendo.

O tal vez no funcionaba así, pudiera ser que realmente lo que pasaba alrededor de ella era solo una extensión de su mente y sus deseos, había encontrado algo así alguna vez que se denominaba solipsismo.

¿Considerando eso entonces por qué seguía trabajando aquí?

Sencillo, porque como el Dios cristiano lo deja todo tirado y que se arregle solo como pueda, una vez que el experimento le había aburrido lo había dejado todo a su propia cuenta por medio del libre albedrío y la decisión de que pueden hacer cuando quieran y como quieran, ella seguiría oculta de todos y viviendo una vida más plena, sorprendentemente, que los demás y su labor automatizada le daba todo el tiempo del mundo lejos de todo aquello que aborrecía.

—¿Así será todo para Dios?— se preguntó mientras meditaba el tema, no había leído la Biblia lo suficiente como para estar segura de esa aseveración pero sospechaba que no podía estar muy lejos de confirmar lo que sospechaba.

En un momento de iluminación le vino a la mente algo que debía dejar escrito.

—Ella es Yo(d), Yo(d) soy ella— escribió lentamente en un papel y observó cómo el mundo se desvanecía alrededor de ese pequeño papel.

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